Sobre el azar, la probabilidad, la fama y el error de confundirlo
Continuación de un escrito de 2017
En 2017 publiqué un texto que llevaba por título «La regla de los múltiplos de 5 y la calidad media en el canto discontinuo». Era un diagnóstico incómodo. Ponía cifras aproximadas a algo que algunos intuíamos pero pocos querían nombrar: que la proporción de canarios de calidad real respecto al total de lo producido era, y sigue siendo, aunque en menor medida, baja. Que elevar esa calidad media era el verdadero reto, no la búsqueda del campeón ocasional. Y que muchas de las prácticas habituales de aquellos años —buscar al criador de moda, criar exclusivamente para concursar, no desechar lo que no merece reproducirse— eran, y siguen siendo en parte, obstáculos serios para la evolución de la raza.
No hay que olvidar que el método de la NO EDUCACIÓN es por definición el más exigente y complejo de todos, y el que ofrece un abanico de posibilidades más reducido de éxito a los criadores, pero a su vez, es el más gratificante.
Han pasado nueve años. A algunas de las preguntas que planteé entonces, creo que les he encontrado respuestas parciales. Otras siguen abiertas. Y hay una dinámica que entonces apuntaba como riesgo y que hoy, con más perspectiva, puedo intentar describir con mayor precisión: la trampa de la fama.
Este texto es, en ese sentido, la continuación natural de aquel. No una rectificación, sino una profundización. Y para entenderlo bien, conviene recordar de dónde venimos.
En 2017 escribí:
«Por cada 5 ejemplares muy buenos, 50 buenos y 500 regulares o malos… Nadie nos puede asegurar, y el que lo haga miente, que de sus pájaros van a salir descendientes de una calidad aceptable. Si bien puede existir una proporción directa entre el número de canarios que podamos criar y el porcentaje de éstos que sean buenos, esta regla es la que menos se cumple y la que por sí sola no hará elevar la calidad media.»
«Somos nosotros mismos los que estamos haciendo la bola de nieve cada vez más grande, cuando buscamos con ahínco, casi enfermizo, los ejemplares de un determinado criador, por el mero hecho de que éste haya sacado dos o cuatro ejemplares que ganen todos los concursos de ese año, sin preguntarnos cuál es su calidad media.»
Lo que aquel texto describía como una tendencia preocupante, la matemática y la biología lo confirman como una consecuencia inevitable de no entender correctamente la naturaleza probabilística de este tipo de cría. Y para entender esa naturaleza, es útil dar un rodeo por un territorio aparentemente ajeno a la canaricultura.
Un número que supera al universo
El matemático Claude Shannon calculó en la segunda mitad del siglo XX el número de partidas de ajedrez legalmente posibles. La cifra resultante —conocida como el Número de Shannon— es aproximadamente 10¹²⁰. Solo después de que ambos jugadores mueven tres veces, ya existen más de 121 millones de partidas distintas posibles.
Cuando un sistema puede alcanzar un número de esa magnitud —y para el caso que nos ocupa— lo mejor es hablar únicamente de probabilidades y de condiciones favorables.
Esta lógica opera, de forma silenciosa pero igualmente rigurosa, en cada temporada de cría del canario Cantor Español: el espacio de combinaciones genéticas, epigenéticas y ambientales que determinan el canto de un ejemplar es, en la práctica, y salvando las distancias, tan inconmensurable como el tablero de ajedrez. Y sus consecuencias son igual de inevitables.
I. La proporción que no ha cambiado
En 2017 hablé de los múltiplos de cinco: por cada cinco ejemplares muy buenos, cincuenta buenos y quinientos regulares o malos. Era una fórmula aproximada, una licencia literaria para describir un problema real. Nueve años después, y con la perspectiva que da haber seguido observando, la proporción se mantiene en esencia. Entiendo que ha mejorado en algunos aspectos, por lo que los términos con los que hoy la expresaría son algo distintos, aunque afirmar una cifra concreta sería, como en aquella ocasión, solo una licencia literaria.
La escala cambia; la estructura matemática, quizás no.
Lo esencial no son los números exactos, que varían según el criadero, el año y los criterios de cada uno. Lo esencial es la estructura: la excelencia es escasa por naturaleza, no por incompetencia.
Y esa escasez no es un fallo del sistema; es la consecuencia lógica de operar en un espacio de posibilidades genuinamente vasto. La combinatoria genética, los procesos epigenéticos, el entorno acústico durante el período sensible de desarrollo, la alimentación, el orden de nacimiento en la nidada, la presencia de hermanos, la fecha exacta del primer repaso… cada factor interacciona con todos los demás de formas que ningún criador puede calcular. El resultado es, en sentido estricto, impredecible.
Entender esto no debería desanimar. Debería liberar. Si la mayoría de los pollos serán regulares o mediocres, con independencia del esfuerzo invertido en cada uno de ellos, entonces el trabajo real del criador —tanto del que pretende solo concursar, que es algo lícito, como del «seleccionador genético»— no consiste en intentar fabricar buenos canarios. Consiste, para el primero, en construir las condiciones que hacen más probable que ese uno excepcional aparezca, y para el segundo, lo mismo, pero sin la presión de criar exclusivamente para concursar. Y en tener el criterio y la disciplina de no reproducir el resto.
El problema no es aspirar exclusivamente a ese canario excepcional; es una meta perfectamente comprensible. No todo el mundo cría para preservar una línea o por el simple placer de la cría. Hay quienes lo hacen con el objetivo de competir y ganar, y eso también es legítimo.
El verdadero problema surge cuando todo lo que no alcanza un nivel medio, o medio alto, y que reúne las cualidades básicas, se descarta. Mantener y reproducir ejemplares de baja calidad solo contribuye a perpetuar esa baja calidad y a dificultar el progreso de la selección.
En este sentido, hoy contamos, en primer lugar, con la experiencia de muchos años: de ver qué canarios han ganado los mejores concursos, cuáles han alcanzado cotas más altas de excelencia, etc. Tenemos a nuestro alcance herramientas y medios tecnológicos que permiten un análisis mucho más preciso de los datos. El estudio de pedigríes, así como el seguimiento de los ejemplares que obtienen las mejores puntuaciones y destacan en los concursos, puede ofrecer una orientación bastante real sobre qué cruces pueden ayudarnos en nuestros objetivos. A partir de ahí, corresponde a cada criador interpretar la información disponible y extraer sus propias conclusiones.
Cuando uno analiza los datos, y sin generalizar, puede llegar a conclusiones bastante aproximadas sobre qué cruces son mejores para concursar y cuáles no. Ahora bien, una vez que el criador decide seguir el camino de criar exclusivamente con el objetivo de obtener ejemplares para concursar, debe mantener una coherencia interna firme. Este enfoque exige asumir que la gran mayoría de lo criado no alcanzará el nivel deseado. El mismo proceso que puede dar lugar a individuos excepcionales también genera ejemplares claramente inferiores.
Por ello, resulta imprescindible tener el criterio y la valentía necesarios para desechar todo lo que no cumpla con los estándares básicos. Solo así es posible avanzar de forma real en la selección y acercarse con el tiempo a la excelencia.
II. La NO EDUCACIÓN y el espacio abierto
En este contexto cobra todo su sentido el principio que define al Cantor Español frente a todas las demás razas de canto: la NO EDUCACIÓN. A diferencia de las modalidades que se apoyan en modelos sonoros externos, el Cantor Español debe desarrollar su canto desde el innatismo débil, sin intervención del criador en la formación de su repertorio. Ya lo señalaba en 2017 como algo que nos hace incomparables con cualquier otra raza; hoy lo entiendo con más profundidad todavía.
La NO EDUCACIÓN no reduce el espacio de posibilidades: lo mantiene abierto. Si un canario aprende imitando un modelo externo, su canto se orienta hacia una región acotada del universo sonoro, la que el criador intenta imponerle. Si no lo hace, puede construir, en teoría, cualquier combinación de giros, matices, ritmos y estructuras que su carga genética sea capaz de generar. El coste de esa apertura es la imprevisibilidad del resultado. El beneficio es la posibilidad real de que emerja algo genuinamente excepcional, algo que ningún criador habría podido diseñar ni anticipar, ni imaginar.
«La no educación sitúa la belleza en el proceso mismo de aparición. No importa tanto el resultado final como el hecho de que ese canto no existía antes. Es un surgir, no un reproducir.»
Pero la NO EDUCACIÓN no es solo una filosofía del canto. Es también una filosofía de la selección. Exige del criador algo que la educación positiva no exige en un grado tan elevado: la honestidad de aceptar que puede controlar el resultado en mucha menor medida, que su papel es crear las condiciones y luego escuchar lo que emerge.
III. Gobernar la probabilidad sin gobernar el resultado
Si el resultado concreto es impredecible, el terreno en el que ese resultado germina no lo es. El criador no puede saber qué canario nacerá, pero puede influir poderosamente en la probabilidad de que nazca un canario excepcional. En 2017 formulé este principio como una serie de preguntas abiertas sobre cruces, consanguinidad, selección de hembras y criterios de reproducción. Hoy lo reformularía de forma más directa: esa influencia se ejerce en tres planos.
El primero es la selección genética. Elegir reproductores por la calidad demostrada de su canto —y preferiblemente a partir del segundo año de vida—, por la consistencia de su línea familiar y por el historial de su descendencia —no por su pedigrí ni por el nombre de su criador— es el único modo de cargar los dados favorablemente. En 2017 ya lo decía: «no por el hecho de que un pájaro tenga una anilla concreta nos asegura nada». La anilla es una marca de origen, no un certificado de calidad. Y un criadero «famoso» produce, en la misma proporción que cualquier otro, muchos más canarios malos que buenos.
El segundo es el entorno. Las instalaciones adecuadas, el aislamiento acústico entre adultos y jóvenes, el espacio suficiente, la alimentación equilibrada en las fases críticas del desarrollo. Todo esto no produce directamente un buen canario, pero crea las condiciones bajo las cuales la genética puede expresarse sin obstáculos artificiales. Es trabajo invisible, pero decisivo: no actúa sobre el canto, sino sobre el espacio donde el canto puede surgir.
El tercero es la gestión del silencio. No intervenir en el canto no significa desatender al ave. Significa ejercer una presencia atenta y receptiva que escucha sin dirigir. El criador que practica la NO EDUCACIÓN no evalúa si el canto se acerca a un ideal conocido; percibe qué identidad sonora está emergiendo y calibra si esa identidad tiene potencial para crecer. Y cuando no lo tiene —cuando el ejemplar es uno de los canarios que salen «malos», que la proporción hace inevitables—, tiene el criterio y la valentía de no reproducirlo.
IV. La trampa de la fama: lo que apunté en 2017
En el texto de 2017 lo describí como «la bola de nieve que hacemos cada vez más grande»: la tendencia a buscar con ahínco casi enfermizo los ejemplares de un criador determinado por el mero hecho de que haya sacado dos o cuatro que ganen todos los concursos de ese año. Lo llamé un grave error. Lo sigo llamando así. Pero hoy entiendo mejor por qué ocurre, y por qué es tan difícil de corregir.
Hay un refrán español que dice: «A quien hambre tiene, pan se le antoja». En la canaricultura, este refrán describe con precisión la psicología del criador que lleva años sin obtener un ejemplar verdaderamente bueno. Cuando ve que otro lo ha conseguido, que ha logrado dar con esa combinación irrepetible de genética, entorno y azar favorable, lo primero que hace es buscar sus canarios. No los mejores, porque son finitos. Todos. Porque en su mente, el secreto no está en la selección: está en los pájaros de ese criadero concreto, en ese nombre, en esa fama adquirida.
El criador que saca un canario excepcional no ha descubierto una fórmula. Ha ganado una vez en un juego de probabilidades inconmensurables. Confundir eso con un método reproducible es el error más costoso que puede cometerse en la selección de esta raza.
Y aquí reside el peligro real. Porque el criador que alcanza fama —a menudo por mérito genuino, por años de buen trabajo que han elevado sus probabilidades— cae con demasiada frecuencia en la misma trampa que sus imitadores: ante la demanda, ante la insistencia de terceros, ante el reconocimiento, pone en circulación no solo ese canario bueno y algunos de los regulares más prometedores, sino todos sus canarios. Los regulares, los mediocres, incluso los malos. Todos con el sello de un criadero famoso, todos cotizando como si fueran portadores de la misma excepcionalidad que los hizo deseables.
El resultado es predecible para cualquiera que entienda lo que la proporción implica. Lo que se distribuye masivamente es, en su mayor parte, mediocridad con apellido ilustre. Los compradores creerán estar adquiriendo el secreto de la excelencia. Estarán adquiriendo, en realidad, la proporción habitual de cualquier cría seria: muchos malos, bastantes regulares, y algún bueno si la suerte acompaña.
V. El coste generacional
Las consecuencias van mucho más allá del bolsillo del comprador decepcionado. Afectan a la estructura genética de la raza en su conjunto. Cuando un criador famoso pone en reproducción a todos sus canarios sin discriminación, y cuando decenas de aficionados utilizan esos canarios como base de sus crías, lo que ocurre es exactamente lo contrario de seleccionar: diluir. Se introduce en el acervo genético colectivo una proporción masiva de ejemplares que, con criterio riguroso, nunca se habrían reproducido.
Si un criador famoso pone en el mercado cien canarios en lugar de diez, la probabilidad de que entre la descendencia de ese centenar aparezca alguno bueno es efectivamente mayor en términos absolutos. Pongamos por ejemplo que, si la proporción es de uno excepcional por cada setenta y seis, con diez canarios puedes no ver ninguno bueno esa temporada, pero con cien es casi seguro que aparezca alguno. Hasta aquí la lógica es impecable. El problema está en lo que esa lógica oculta: que los otros noventa y tantos también entran en el circuito reproductor. Y esos noventa y tantos, distribuidos entre decenas de criadores que los usarán como base de su cría precisamente porque llevan el apellido famoso, no producirán en su descendencia la misma proporción que el excepcional. Producirán la proporción que les corresponde por su calidad real, que es mediocre. La cantidad de canarios buenos en el mercado puede aumentar ligeramente en el corto plazo, pero el nivel medio del acervo genético colectivo baja. Es el mismo efecto que ocurre en cualquier población cuando se relaja la presión selectiva: más individuos, peor promedio. La fama, en este caso, actúa como un mecanismo que invierte la selección natural: en lugar de que se reproduzcan los mejores, se reproducen todos porque todos llevan el mismo nombre.
Ya en 2017 señalé que «la cuestión se solventaría a una velocidad más o menos rápida en función de lo que se haga con el número de ejemplares malos que salgan cada año». Esa frase sigue siendo la clave. La selección funciona precisamente por exclusión. No por incluir más, sino por incluir mejor. Cada generación en la que se reproduce solo lo más valioso desplaza lentamente el espacio de posibilidades hacia cotas más altas. Cada generación impulsada por la demanda y la fama es, en el mejor de los casos, una generación perdida. En el peor, una generación que deshace décadas de trabajo acumulado.
Lo que en 2017 llamé «criar papeles como medio para evolucionar» es hoy, si cabe, igual de preocupante que entonces. Porque la circulación de ejemplares de criaderos famosos sin criterio de selección no solo no eleva la calidad media —que era el objetivo que formulé hace nueve años como el reto principal—, sino que la deprime activamente. Alimenta una ilusión colectiva: la de que la excelencia se puede comprar o transferir, cuando en realidad solo se puede cultivar.
En 2017 terminaba con diez puntos. El décimo decía: «Todo lo aquí escrito es fruto de mi criterio personal, que puede ser el más desafortunado de todos». Sigo pensando lo mismo. Pero nueve años de observación, y la coherencia entre lo que entonces intuía y lo que la biología evolutiva y la teoría de la probabilidad confirman, me dan algo más de confianza en el diagnóstico.
El canario excepcional no es el producto de un criadero. Es el producto de una probabilidad que, en condiciones favorables, se manifiesta con la frecuencia que la biología y la combinatoria permiten. Aparece en los criaderos que trabajan bien. Pero aparece con la misma indiferencia soberana con que la naturaleza distribuye sus favores: sin garantías, sin fórmulas, sin repetición asegurada.
La fama, cuando no se administra con la misma disciplina que se necesita para conseguirla, se convierte en el peor enemigo de aquello que la generó. El criador que sueña con el pan que nunca ha tenido compra una ilusión. Pero el criador que, habiendo tenido pan, vende también las migas como si fueran hogazas, compromete algo mucho más valioso que su reputación: compromete el futuro de una raza que solo puede avanzar si cada generación es más exigente que la anterior.
El pájaro excepcional no se fabrica. Se hace posible. Y hacerlo posible requiere, ante todo, la valentía de no reproducir lo que no lo merece. Aunque lleve el nombre más famoso del circuito. Aunque cueste admitirlo. Aunque eso signifique tirar, como hace nueve años ya decía que había que hacer, mucho más de lo que la costumbre dicta.
Debo añadir, en honor a la honestidad que este texto exige, que el error que aquí describo no me es ajeno. Lo he cometido. He adquirido y puesto a criar canarios «famosos» que no debí poner, y también he cedido alguno; he cedido a la presión cuando debí haber cedido al criterio de la selección, y he confundido en algún momento el apellido de algún canario con la solidez del trabajo bien hecho. No escribo esto desde la superioridad de quien nunca ha errado, sino desde la experiencia de quien ha errado y ha aprendido a reconocerlo. Si este texto sirve de algo, que sirva precisamente por eso: porque quien lo firma sabe de lo que habla, no solo como observador, sino como parte activa del error.
Pedro Mata · 2017 → 2026